Patrimonio Contemporáneo> Difuntos de Calderón

  • El 2 de noviembre de cada año se realiza una gran celebración, en Calderón, en memoria de sus fallecidos. Foto: Archivo/ EL COMERCIO
  • La fecha es una cita que se lleva a cabo en el cementerio de Calderón. Allí acuden las personas que perdieron a un ser querido y le llevan la comida que era su favorita cuando estaba con vida. Foto: Archivo/ EL COMERCIO
  • Las familias se reúnen para visitar a sus muertos, limpian las tumbas, las adornan y colocan los alimentos que también ellos se servirán durante la estadía. Así comparten la comida con quienes ya no están. Foto: Archivo/ EL COMERCIO
  • El tamaño de las ollas, canastos y fundas delatan al número de personas que acudirán a visitar a los difuntos. Foto: Archivo/ EL COMERCIO
  • Una vez concluida la visita a los seres queridos, en el cementerio, las personas dejan los alimentos sobre las tumbas o en los bordes de los nichos. Foto: Archivo/ EL COMERCIO
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El Calderón que vive para recordar a sus muertos

El cementerio es de tierra, con cruces, placas grises y baldosas de colores sobre algunas tumbas.  A lo largo de una manzana, casi una hectárea, los apellidos como Andrango, Lincango y Pilatuña dan cuenta de que las personas enterradas en las cerca de 300 fosas son, en gran parte, de descendencia indígena. Aquí, en medio de este silencio, cada 2 de noviembre se vive la celebración más grande de Calderón: el día cuando se recuerda y festeja a los muertos.

Desde hace más de 500 años, el ritual es el mismo: toda la familia, niños y abuelos  se reúnen a comer y a beber, a llorar y a reír, a orar. Lo hacen  sobre la tumba de su ser amado.  Lo hacen porque consideran que la muerte es el paso a otra vida. Y que quien está en el sepulcro aún puede compartir con la familia.

Juanita Chuquimarca está convencida de aquello.  Ella es oriunda de Calderón y cuenta que cada noviembre en casa preparan fritada, choclos y colada morada para llevárselos a  su mamá, en el cementerio. “Ella sabe todo lo que me pasa, que mi marido me abandonó, que mi hijo mayor se murió. Ella me consuela”, recuerda la mujer.

La tradición de compartir con los muertos viene de la cultura quichua. Alfredo Almeida, antropólogo, cuenta que esta celebración es prehistórica y que existen registros de su festejo desde hace de 2 000 años.  Cuenta Almeida que cuando  los indígenas celebraban  la siembra y la fertilidad  tenían la costumbre de ofrecer comida y bebida a sus muertos, para obtener buenas cosechas.

Además, explica, los indígenas tienen la concepción de que la muerte no existe, sino que es la continuidad de la vida, por eso envían en el ataúd cosas que una persona podría necesitar para un viaje, como por ejemplo, alimentos, dinero y ropa. Así lo hizo Chuquimarca cuando su madre falleció a causa de un accidente automovilístico.  La mujer está segura de que con los rezos, las lágrimas y los alimentos, el alma de su mamacita estará en paz.

Es una celebración masiva. Delfín Tenesaca,  párroco de Calderón,  no duda en decir que unos tres cuartos de la población de la parroquia  se unen a esta celebración. Para el pueblo, los muertos siguen siendo parte de la comunidad. La visita al cementerio es un espacio de alegría y de recuerdo. La costumbre de dejar la comida en la tumba no es para alimentar al muerto, sino para nutrir el recuerdo y para compartir.

Tenesaca detalla que cuando una persona muere es colocada dentro del ataúd y es paseada por todos los rincones de la casa y del barrio, en especial por sus  terrenos  favoritos y por casas de familiares y amigos. Es un ritual muy íntimo. Tan importante es la muerte para esta comuna que las tumbas de los esposos, por ejemplo, quedan una sobre la otra. Se trata de que la familia sea enterrada en un mismo sector del panteón y  hacer de la tumba un espacio para demostrar su afectividad comunitaria.

Durante la celebración del 2 de noviembre, los rezos son otra particularidad. Tenesaca lo sabe y reconoce que la forma de orar indígena es diferente a la mestiza. Ellos nombran las cualidades positivas que tenía el difunto. Durante las plegarias, se enumeran todas las virtudes del fallecido. Usualmente lo hace  el anciano, es decir, la persona más adulta de la familia. No son oraciones aprendidas ni repetitivas sino improvisadas.

Hasta el cementerio, creado en  1934,  llegan no solamente las visitas, la comida, los rezos y las flores, sino también la misa. Son tres misas las que se dan en el lugar.  “La gente no se levanta, sigue en el mismo puesto y escucha la misa. Además, les gusta esa práctica porque dicen que  así el muerto puede escuchar el sermón.

Se trata de una tradición que está prendida no solo en Calderón. Patricia Jácome, presidenta de la Comisión de Cultura de la Junta Parroquial, cuenta que esta celebración se traslada a las comunas indígenas de Oyacoto, La Capilla, Santa Anita, San Miguel y Llano Grande.  Todas en el norte del Distrito.

Así, desde las 09:00 hasta las 17:00 el cementerio y la calle Carapungo, la principal del sector,  se llenan de gente. Cerca de 25 000 personas participan de la celebración, cuenta Luis Reina, administrador zonal. La organización para ese día incluye eventos culturales y artísticos.

anÉcdotas

Alimentos entre tumbas

Los habitantes comparten con sus descendientes los rituales alrededor del Día de los Difuntos.

tesoros

Tesoros de la parroquia de Calderón

Los rituales tienen un corte religioso. Durante la celebración también se realizan ferias artesanales.

 

Creditos de Contenido y Diseño


Idea original y edición: Marcos Vaca Morales
Fotografía y video: Diego Pallero
Multimedia: Carlos Espinosa
Periodistas: Richard Cortez, Byron Rodríguez Vásconez, Mayra Capón, Andrés García, Ana Guerrero, Evelyn Jácome, Mónica Jara, Viviana Macías, Jean Pierre Ospina, Mayra Pacheco, Fernanda Salvador
Edición de video: Javier Flores
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3D: Germán Jácome y Pablo Guamán
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